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Editorial: El caudillo en el norte

La nominación del magnate inmobiliario Donald Trump como candidato oficial a la presidencia de Estados Unidos por el Partido Republicano desafía varias preconcepciones sobre los procesos políticos en el mundo desarrollado en general y en aquel país en particular.

El señor Trump, conocido también por sus apariciones en programas de televisión tipo ‘reality’, anunció su candidatura en junio del 2015 con un discurso cargado de adjetivos, lugares comunes y caricaturizaciones xenófobas. Las encuestas entonces le concedían los últimos lugares en las preferencias de los votantes republicanos y los analistas políticos veían en sus aspiraciones una gesta condenada al fracaso cuyo principal mérito sería darles visibilidad y sazón a las elecciones primarias republicanas mientras durase. Para cualquiera que haya visto las apariciones mediáticas del señor Trump y escuchado sus inverosímiles intervenciones hubiera sido difícil estar en desacuerdo con ellos.

Un año después, el magnate ocupa las portadas de la prensa global ya no solo por lo polémico de sus afirmaciones, sino también por lo sorprendente de su victoria. No solo es la segunda vez en la historia de Estados Unidos que alguien que no ha ejercido cargo público o militar previo logra la nominación de uno de los dos grandes partidos, sino que lo hizo con una retórica cargada de agresividad y populismo, y con una cantidad récord de votos.

Muy aparte de su vacua agenda local, es difícil exagerar el divisionismo y la desconfianza a nivel internacional promovidos por el señor Trump. Desde la construcción de una absurda pared en la frontera con México para mantener fuera a los violadores –como él los llamó–, pasando por la restricción absoluta a la entrada de musulmanes no estadounidenses al país, hasta la invocación a torturar a las familias de los sospechosos de actos terroristas, las provocaciones del candidato contribuyen a hacer más inseguro un mundo que ve con pavor el crecimiento de la xenofobia y del terrorismo internacional que se alimenta –justamente– de discursos como estos.

Visto en retrospectiva, sin embargo, el éxito obtenido por el señor Trump hasta ahora quizá no sea tan difícil de explicar. Con una estrategia no muy distinta a la que usaron los promotores del llamado ‘brexit’, sus apariciones públicas y sus redes sociales explotan el resentimiento de una clase media que se siente traicionada por la política tradicional, que se ve como la perdedora en una economía global abierta, y que percibe como una amenaza a aquellos que se ven distintos. El discurso de Donald Trump ha legitimado cada uno de estos rencores y miedos.

En el fondo, pues, lo que explica el fenómeno Trump no es nuevo. Es el recurso del caudillo que promete levantar paredes y construir un mundo de “nosotros contra ellos” antes que tender puentes y buscar soluciones efectivas. La sucesión de insatisfacción, temor, antagonismo y odio, que bien podría formar parte de un guion de película, se convirtió en el guion de campaña del ahora candidato republicano.

Lo que llama la atención no es eso, pues esta es una estrategia divisionista y populista que conocemos bien en la región. Lo que llama la atención es que un país que en algún momento pensó que había llegado al “fin de la historia”, que había conquistado la democracia liberal de manera irrevocable, se encuentre de vuelta en lides políticas propias de las naciones que recibieron su ayuda humanitaria.


Editorial: El caudillo en el norte

El Comercio    21 de julio de 2016

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